Javier De Maria - Coach y especialista en adiciones

Javier De Maria – Coach y especialista en adiciones

Mi nombre es Javier de María, obtuve un Máster en Drogodependencias y Prevención por la Universidad Antonio de Nebrija. Completé mi formación con un Máster internacional en Coaching personal, certificado por la Universidad Rey Juan Carlos. Tengo amplia experiencia en la atención de pacientes con problemas de adicciones. Esto gracias a que he enriquecido mis conocimientos en la Escuela de Formación Integral en Coaching, obteniendo el Training en Coaching de equipos de alto rendimiento. De igual manera, soy capaz de implementar distintas técnicas por medio de la neurolingüística y la hipnosis profesional. Fue en el Instituto Español de PNL, en donde adquirí dichos conocimientos.

Soy consciente del desafío psicológico que implica tomar la decisión de salir del mundo de las adicciones y como sobreviviente de ese infierno puedo ayudar a otros a comprender que vencer la enfermedad por las drogas no es fácil, pero sí se puede. Mi objetivo es promover la salud mental, emocional, física y espiritual.

Sin duda, decidir vencer una adicción o ayudar a alguien que amamos, a que lo haga, puede ser muy difícil y estresante. Quien se atreve a dar el paso necesita muchísima fuerza. Mi objetivo, como especialista en adicciones, es crear un ambiente en el que el adicto se sienta seguro y apoyado. Trabajo con mis pacientes de manera individualizada y exhaustiva, para identificar sus puntos débiles. Estoy aquí para acompañarte en este viaje, pero debo decirte que cada historia es única. Hoy, te lo digo con todas sus letras, estás enfermo, no es tu culpa, pero es tiempo de combatir tu enfermedad.

Por supuesto, es un proceso en conjunto, el adicto necesita el impulso de sus familiares y terapeutas. Si en verdad quieren conseguir resultados hay que seguir las indicaciones al pie de la letra. Los objetivos se plantean a corto y largo plazo. La evolución de mis pacientes es algo que no tomo a la ligera, estar pendiente de sus avances me apasiona, porque sé lo es sentirse secuestrado por una adicción.

Estoy consciente de que la sanación no es un cuento de hadas, se viven situaciones al límite, que gracias a mi nivel de experiencia puedo manejar a través de PNL y Coaching. Es decir, tengo la capacidad de combatir episodios de estrés, ansiedad, depresión, entre otros. El cuidado de mis pacientes es sagrado, de manera activa monitoreo sus actividades.. Además, me gusta sumergirme en el historial clínico de cada uno de ellos, ya que, considero que así es como puedo encontrar la raíz del problema.

Mi meta es plantear terapias, en las que pueda analizar las habilidades físicas, mentales, emocionales y sociales, de cada paciente. Sin duda, esto me permite trabajar individualmente y emplear el tratamiento más oportuno.

Desde luego, comparto informes de manera constante, el paciente está siendo evaluado todo el tiempo. Imparto terapias de referencia, ambulatorias, familiares, individuales y de ingreso. Domino grupos de hasta 30 pacientes.

Definitivamente, sanar la enfermedad de un adicto requiere el apoyo de las personas que él considera importantes en su vida. Ahora bien, si te sientes solo, pero listo para salir de ese círculo vicioso, entonces, no te preocupes, en nuestro centro puedes encontrar una familia adoptiva que te ayudará a recuperar la que perdiste. ¡Ya tomaste la decisión! No te rindas.

Javier De María también fue adicto: Yo también me sentí herido

Definitivamente, me gustaría mostrarme ante mis pacientes con una cara bonita, pero la realidad es que la vida tiene su lado oscuro y es de valientes asimilarlo. Hoy, quiero contarte mi historia, así sin filtros, estuve ahí, nadie va a contarme el infierno que es vivir con una adicción. Tenía 23 años, ¡vaya edad! En la que los límites salen sobrando, me quise comer el mundo, pisé el acelerador hasta que tuve que frenar en seco.

El diagnóstico fue claro, tenía una enfermedad mental y muy grave, llamada adicción. En ese momento me sentí inseguro, como un ratoncillo en un rincón, el problema estaba ahí y pensé que estaba loco. Ya ni siquiera recuerdo las tantas veces que me dije que era un idiota incapaz de aprender de mis errores. Fui muy duro, me repetí que era un vicioso, una mala persona, ese desgraciado que sólo llenaba de angustia a su familia. Sin embargo, todo cambió cuando escuché aquellas palabras: ‘Estás enfermo’.

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, una sonrisa en mi rostro me delató y no fue por cinismo, simplemente, estaba feliz, después de llevar años y años cargando un sufrimiento que me ahogaba el alma entera. Esto sucedió en Barcelona, en un centro llamado MareNostrum. Pero, déjame, te cuento lo que viví antes de llegar ahí.

Todo comenzó cuando…

Días antes estaba tendido en la cama de un hotel, a punto de haber tomado una siesta eterna. Convulsioné, no sé si me pasé de copas o de drogas. Sin embargo, cogí el coche y me dejé llevar, 200 km por hora, mi intención era estamparme con el primer muro que encontrara. Qué bueno que no sucedió, gracias a una fuerza mayor llegué a casa, apenas y pude llamarle a mi madre, estaba avergonzado y muy asustado. Entonces, le dije que ya no podía más, no quería vivir así.

No voy a mentir, estaba muy confundido, no le encontraba sentido a nada. Fueron muchas las veces que juré que no lo volvería a hacer y caía en ese círculo vicioso. Las personas que más quería la estaban pasando muy mal, pero mi voluntad no fue suficiente, necesitaba ayuda, no bastaba que dijera que no, tarde o temprano volvía a consumir. Te lo digo de corazón, también lo intenté, con todo lo que soy y de todas maneras volvía a consumir.

Hasta parece mentira que a estas alturas siga siendo un estigma hablar de un adicto, se preocupan, pero en secreto.

Hoy, tengo la oportunidad de vivir, de estar aquí escribiendo este par de líneas para ti, que estás viviendo un duelo contra tu vicio. Pero también para ti, que quieres ayudar a ese familiar. Estoy aquí, después de haberlo intentado de mil maneras, estaba enojado conmigo, insatisfecho, cargado de miedos, inseguridades, dudas. En cualquier momento podía estallar. Pero tomé la decisión, no podía encajar en la vida, sin embargo, era un buen chico.

Sí, lo acabáis de leer, ese adicto al que señalas es una buena persona, que ha sufrido muchísimo y que no está ciego, se da cuenta del dolor que causa en los que ama. Es consciente de todo lo que ha destruido y de todas maneras vuelve a consumir. ¿Por qué? Su cerebro está enfermo, se siente mal, así ha sido desde que llegó a este mundo y no exagero.

Tenía 12 años…

De niño seguramente aprendió a vivir con la incomprensión, con no encajar y entonces no le quedó más que culpas a los demás. Ha sido un ser humano intentando luchar contra el mundo con unos niveles de dopamina por los suelos. Así que, de alguna manera, tenía que salir a buscarla en otro lado. Ese niño fui yo, el que estaba desesperado y encontró un refugio en el cigarrillo a los 12 años. Quería sentir toda esa adrenalina recorriendo mi cuerpo mientras saltaba por los tejados. Entre más riesgosa era una actividad, mejor me sentía. Un grito ansioso de sentirme vivo.

Ahora lo sé, un adicto es incapaz de manejar sus emociones de manera objetiva, lo personaliza todo, necesita encontrar culpables en todas partes y ahí es cuando lamentablemente caes en el victimismo. Fui el que culpó, el que no se responsabilizó, el que permitió que su egoísmo lo dominará hasta ser grosero con quienes lo amaban. Ese fui.

Cuando la cuna está tejida un día pruebas un porro y te para la cabeza. Descubres la cerveza y te sientes la ostia, pero, ¿te digo lo que sucede? Desde ese instante tu gestión emocional queda secuestrada y ahí es cuando vuelves y vuelves a consumir. Entonces, pasas del uso al abuso.

No te das cuenta en su momento, pero ya estabas hecho una mierda antes, así que ingenuamente crees que encontraste la solución, tu cerebro también lo cree, porque reconoce el cambio, entonces las sustancias se vuelven tan necesarias que la comida y las relaciones con el resto, pasan a segundo plano, pisotean tus valores.

Me duele recordar las lágrimas de mi madre, verme despertando en los calabozos o sentarme en las vías del tren. No era nadie, había defraudado a todos los que creyeron en mí. Estaba perdido, igual que mi carnet, que todos esos trabajos, igual que como perdí a mis amigos y a las chicas que querías salir conmigo. Me volví un experto mintiendo, pero ya nadie me creía. Mi capacidad de manipular y chantajear cada vez era más débil. Era yo contra el mundo, eso creí, una guerra en la que claramente me estaban derrotando. Lo que no sabía, es que era yo contra mí, destruyéndome en cada paso.

En peores plazas he toreado

Si mi yo de ese momento me viera ahora no lo creería. Ni yo lo hago, jamás imaginé que esta enfermedad se convertiría en mi maestra de vida, que sanarla me devolvería mucho más que el alma al pecho, mi sombra y mi viaje al mismo tiempo. Te mentiría si te dijera que fue fácil, la recuperación me hizo luchar con tantos demonios que muchas veces quise tirar la toalla. No sabéis la de veces que me llegue a decir: “Javi en peores plazas has toreado”.

Definitivamente, mi vida se la debo por segunda vez a mis padres, ellos me rogaron que buscara ayuda, pero mi grupo de terapia fue mi familia adoptiva. Como en todas las familias había con quienes me llevaba mejor y con quienes tenía dificultades. Sin embargo, de todos aprendí, me descubrí, cosas que ni yo mismo conocía de mí.

Por supuesto, en toda historia hay una matriarca y esta no es la excepción. María Dolores Vidal, es el nombre de la terapeuta que nunca olvidaré. Ella me enseñó a aceptar mis derrotas como mías y mis fracasos como míos. Sin duda, es responsable de lo que soy ahora. Creo que todos deberían tener la oportunidad de vivir un proceso de sanación en el que te sientas seguro y puedas conocer tus raíces más profundas.

Sinceramente, mi madre fue todo un general al seguir las reglas, su determinación y comprensión fueron pieza clave en mi proceso. Qué decir de mi padre, mi maestro espiritual, aunque al principio estaba muy dolido y no entendía mi enfermedad. Sin darse cuenta, me ayudó su indiferencia, porque me hizo pensar cómo lo estaba hiriendo. Me repetí muchísimas veces que “mi recuperación no dependía del cambio de los demás sino del mío propio”.

Quería paz

Una etapa de mi vida que duele, porque transité por el dolor, la culpa, la frustración, la intolerancia, la apatía, pero también estaba el otro lado de la moneda. Conocí la satisfacción, la tranquilidad, esa lección la llevó grabada. Antes de mi ingreso estaba frustrado por encontrar la felicidad, pero después entendí que la felicidad está sobrevalorada y que yo quería PAZ.

Es importante destacarlo, porque fui el adicto que buscaba ser feliz, pero terminaba cayendo en las redes del placer, de consumir. Esa adicción a la dopamina momentánea. Es como cuando tienes el impulso de comprar algo y luego te preguntas por qué lo compraste, te engañas. En cambio, cuando descubrí la paz, me sentía feliz y satisfecho. Ya lo dicen por ahí, entre más placer busques, más infeliz serás. Eso sólo te vuelve intolerante y poco empático. Ojalá un día todos lo entendiéramos.

Si llegaste hasta aquí, seguramente, te estás preguntado cuánto duró este proceso. La etapa de desintoxicación, que también se conoce como la fase de la nube rosa, tuvo una duración de un mes. Este fue el más corto, entré en la deshabituación aquí viene la parte fuerte: analizar tus hábitos, tus rituales de consumo, tus intensidades, tus obsesiones, la manera en la que interpretas la realidad.

Lo que no ves, lo que sí ves, tus máscaras, tus disfraces, las ganas de consumir directas e indirectas. Tuve que significar las cosas de otro modo. Creo que como adicto antes de llegar a las sustancias, ya somos adictos al sufrimiento, y nos encanta estar mal.

El día que reconocí esto me sentí aliviado y ridículo a la vez, porque te llegan las crisis de identidad, no sabes ni quién eres, ni lo que está bien y mucho menos lo que está mal. Es una fase donde hay que validar lo que piensas y lo que haces, te estás reprogramando, estás montado en una montaña rusa.

Es desgastante, pasas del muy bien al muy mal, una dicotomía que te hace sentir intranquilo, te cierras, sólo ves el blanco o el negro, hasta que empiezas a ver algún gris. Al principio, todavía te queda algún culpable con el que externalizar lo que te pasa, hasta que ya no queda ni uno y entonces empiezas a empoderarte. Pero, sin hacerlo en exceso, de lo contrario, generas una falsa seguridad sobre ti mismo que rápido te hace ponerte en riesgo o no valorar riesgos.

La adicción es una enfermedad que está haciendo flexiones detrás de la puerta y que te conoce muy bien, se ha arraigado en tus hábitos y tiene secuestrada tu toma de decisiones, aferrándose a tu impulsividad, no hay nada mejor que “darle 48 h a las decisiones” para no arrepentirte de las mismas.